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lunes, 14 de junio de 2021

La carretera (de Ray Bradbury)

[Cuento - Texto completo]

La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.

 

Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón -otro río- yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara: “¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:

- Oh, será mejor con el sombrero puesto -Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que Hernando se volvía a recoger el sombrero.

 

- ¿Pasa algo, Hernando? -le dijo su mujer.

- Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa ningún auto.

 

Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.

Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.

Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la lluvia sobre la superficie de cemento.

 

Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos, rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era eso.

Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.

La carretera estaba otra vez desierta.

Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.

 

Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador hervía furiosamente.

- ¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor!

El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia.

Hernando asintió con un movimiento de cabeza.

- Les traeré agua.

- Oh, rápido, por favor -gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada.

Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr.

Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien de tazón.

Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los rostros atormentados.

- Oh, gracias, gracias -dijo una de las jóvenes-. No sabe cómo lo necesitamos.

Hernando sonrió.

- Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.

No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.

Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.

- No quise decir nada malo, señor -se disculpó.

- Está bien -dijo el joven.

- ¿Qué pasa, señor?

- ¿No ha oído? -replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él-: Ha empezado.

No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes, olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las lágrimas.

Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo, ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.

Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.

- No -Hernando se lo devolvió-. Es un placer.

- Gracias, es usted tan bueno -dijo una muchacha sin dejar de sollozar-. Oh, mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.

Y las otras muchachas se unieron a ella.

- No he oído nada, señor -dijo Hernando tranquilamente.

- ¡La guerra! -gritó el hombre como si todos fuesen sordos-. ¡Ha empezado la guerra atómica! ¡El fin del mundo!

- Señor, señor -dijo Hernando.

- Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós -dijo el joven.

- Adiós -dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.

 

Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.

Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.

Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho, mucho tiempo.

La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la selva.

Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el sol.

- ¿Qué ha pasado, Hernando? -le preguntó su mujer, atareada.

- No es nada -replicó Hernando.

Hundió el arado en el surco.

- ¡Burrrrrrrro! -le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.

- ¿A qué llamarán “el mundo”? -se preguntó Hernando.


viernes, 15 de septiembre de 2017

La fruta en el fondo del tazón (de Ray Bradbury)

[Cuento - Texto completo]
William Acton se incorporó. El reloj sobre la chimenea dio las doce de la noche.

Se miró las manos y miró el cuarto a su alrededor y miró al hombre que yacía en el piso. William Acton, cuyos dedos habían apretado teclas de máquinas de escribir y hecho el amor y freído jamón con huevos en tempranos desayunos, había ahora cometido un crimen con los mismos dedos verticilados.

Nunca había pensado en ser escultor, y sin embargo, en este momento, mirando entre sus manos el cuerpo tendido en el pulido piso de madera, advirtió que apretando, retorciendo, remodelando de algún modo la arcilla humana, había transformado a este hombre llamado Donald Huxley, le había cambiado la cara, y hasta la forma del cuerpo.

Con un leve movimiento de los dedos había borrado el particular brillo de los ojos grises de Huxley, y lo había reemplazado con la ciega opacidad de un ojo helado en su órbita. Los labios, siempre rosados y sensuales, se habían levantado para mostrar los dientes equinos, los incisivos amarillos, los caninos manchados de nicotina, los molares con incrustaciones de oro. La nariz, antes también rosada, era ahora veteada, pálida, descolorida, como las orejas. Las manos de HuxIey, sobre el piso, estaban abiertas, y por primera vez suplicaban y no exigían.

Sí, era una obra de arte. En conjunto, el cambio había favorecido a Huxley. La muerte lo había transformado en un hombre más tratable. Ahora uno podía hablar con él, y él tenía que escuchar.

William Acton se miró los dedos.

Estaba hecho. No podía retroceder. ¿Lo había oído alguien? Escuchó. Afuera continuaban los ruidos normales del tránsito tardío. Nadie golpeaba la puerta de la casa, ningún hombre intentaba transformarla en leña, ninguna voz exigía entrar. Había cometido el asesinato, había enfriado la arcilla y nadie lo sabía.

¿Ahora qué? El reloj había dado las doce de la noche. Todos sus impulsos estallaban en una histeria que lo arrastraba hacia la puerta. Apresúrate, corre, no vuelvas nunca, salta a un tren, llama a un taxi, vete, corre, camina, pasea, ¡pero aléjate de aquí!

Las manos se le movieron ante los ojos, flotando, volviéndose.

Las torció y retorció con lentitud, deliberadamente; parecían aéreas, livianas como plumas. ¿Por qué las miraba de ese modo?, se preguntó a sí mismo. ¿Había algo en ellas de inmenso interés, de modo que debía hacer una pausa, luego de una exitosa estrangulación, y examinarlas verticilo por verticilo?

Eran manos comunes. Ni gruesas, ni flacas; ni largas, ni cortas; ni velludas, ni desnudas; poco cuidadas y sin embargo limpias; poco blandas y sin embargo sin callos; sin arrugas y sin embargo tampoco lisas; nada criminales y sin embargo tampoco inocentes. Parecía como si fuesen milagros que debía mirar.

Pero no le interesaban las manos como manos, ni los dedos como dedos. En la entumecida intemporalidad que había seguido a la violencia, sólo le interesaban las puntas de los dedos.

El tic-tac del reloj sonaba sobre la chimenea. Se arrodilló junto al cuerpo de Huxley, sacó un pañuelo del bolsillo de Huxley, y limpió con él el cuello de Huxley. Frotó y masajeó el cuello y restregó la cara y la nuca con feroz energía. Luego se incorporó.

Miró el cuello. Miró el piso pulido. Se inclinó lentamente, y sacudió el polvo con el pañuelo. Enseguida frunció el ceño y frotó el piso. Primero, cerca de la cabeza del cadáver; después, cerca de los brazos. Limpió cuidadosamente el piso hasta un metro alrededor del cadáver. Luego limpió el piso hasta dos metros alrededor del cadáver. Luego limpió el piso hasta tres metros alrededor del cadáver. Luego… Se detuvo.

En un momento le pareció ver toda la casa, las paredes con espejos, las puertas talladas, los espléndidos muebles, y tan claramente como si la repitieran palabra por palabra oyó la charla que habían tenido Huxley y él mismo sólo hacía una hora.

Un dedo en el timbre de Huxley. La puerta de Huxley se abre.
-¡Oh! -dice Donald Huxley sorprendido-. Eres tú, Acton.
-¿Dónde está mi mujer, Huxley?
-¿Piensas que te lo diré realmente? No te quedes ahí, idiota. Si quieres discutir el asunto, entra. Por esa puerta. Allí, en la biblioteca.

Acton había tocado la puerta de la biblioteca.
-¿Bebes?
-Un trago. Lo necesito. No puedo creer que Lily se haya ido, que ella…
-Ahí hay una botella de borgoña, Acton. ¿No te importa sacarla del armario?

Sí, sácala. Tómala. Tócala. La había tocado.
-Hay algunas primeras ediciones interesantes allí, Acton. Mira esa encuadernación, siéntela.
-No vine a ver libros. Yo…

Había tocado los libros. Y la mesa de la biblioteca y la botella de borgoña y los vasos de borgoña.

Ahora, en cuclillas junto al frío cuerpo de Huxley, con el pañuelo en los dedos, inmóvil, miró la casa, los muros, los muebles de alrededor, con los ojos cada vez más abiertos, la mandíbula caída, asombrado por lo que había hecho y lo que veía. Cerró los ojos, dejó caer la cabeza, arrugó el pañuelo entre las manos, apelotonándolo, mordiéndose los labios.

Las huellas digitales estaban en todas partes, ¡en todas partes!
-¿No te importa traer el borgoña, Acton, eh?

¿La botella de borgoña, eh? ¿Con tus dedos, eh? Estoy terriblemente cansado. ¿Entiendes?

Un par de guantes.

Antes de hacer nada más, antes de limpiar otra área, debía conseguir un par de guantes. 0 imprimiría otra vez su identidad, sin darse cuenta.

Se metió las manos en los bolsillos. Caminó por la casa, hasta el paragüero, las perchas. El abrigo de Huxley. Dio vuelta los bolsillos.

No había guantes.

Otra vez con las manos en los bolsillos, subió las escaleras, moviéndose con una medida rapidez, no permitiéndose a sí mismo ningún frenesí, ningún desorden. Había cometido el error inicial de no llevar guantes (pero, después de todo, no había planeado un asesinato, y su subconsciente, que podía haber anticipado el crimen, ni siquiera le había insinuado que debía ponerse guantes antes de que terminara la noche), de modo que ahora tenía que pagar su pecado de omisión. En alguna parte en la casa debía de haber un par de guantes. Tenía que apresurarse. Había una posibilidad de que alguien visitase a Huxley, aun a esta hora. Amigos ricos que venían a beber o habían bebido en otra parte, que reían, gritaban, iban y venían sin un hola ni un adiós. Podía ocurrir en cualquier momento, y a las seis de la mañana los amigos de Huxley vendrían a buscarlo para ir al aeropuerto y viajar a la ciudad de México…

Acton corrió en el piso de arriba abriendo cajones, usando el pañuelo como un secante. Abrió setenta u ochenta cajones en seis cuartos, dejándolos, podría decirse, con la lengua afuera, corriendo a abrir otros. Se sentía desnudo, imposibilitado de hacer algo hasta que tuviera los guantes. Podía fregar toda la casa con el pañuelo, pasándolo por todas las superficies donde había dejado quizá sus huellas digitales y luego accidentalmente tocar una pared aquí o allí, ¡sellando de ese modo su propio destino con un retorcido símbolo microscópico! ¡Sería como poner su estampilla de aprobación al crimen, eso sería! Como aquellos sellos de cera de los viejos días cuando se abrían los crujientes papiros, se hacían florecer las tintas, se espolvoreaba todo con arena, y se apretaban al pie los anillos de sello mojados en caliente cera roja. ¡Así sería si dejaba una sola, debía recordarlo, una sola huella digital en la escena! Aunque aprobara el crimen no podía llegar al extremo de ponerle un sello.

¡Más cajones! No pierdas la cabeza, mira bien, ten cuidado, se dijo a sí mismo.

En el fondo del cajón ochenta y cinco encontró unos guantes.
-¡Oh, Señor, Señor!

Cayó contra el escritorio, suspirando. Se probó los guantes, los alzó, los flexionó orgullosamente, los abotonó. Eran suaves, grises, gruesos, impermeables. Podía hacer cualquier cosa ahora sin dejar huellas. Se llevó el pulgar a la nariz ante el espejo de la alcoba, chasqueando la lengua.
-¡No! -gritó Huxley.

Qué plan malvado había sido.

Huxley había caído al piso, ¡a propósito! ¡Oh, qué hombre perversamente listo! Huxley había caído en el piso de madera, arrastrando a Acton. ¡Habían rodado dando golpes y manotazos en el piso, estampando y estampando frenéticas huellas digitales! Huxley había conseguido alejarse unos pocos centímetros, ¡y Acton se había arrastrado detrás para echarle las manos al cuello y apretárselo hasta que la vida salió de él como pasta que sale de un tubo!

Con los guantes puestos, Acton volvió a la sala y se arrodilló en el piso, y se puso laboriosamente a la tarea de limpiar cada maldito centímetro infectado. Luego se acercó a una mesada y frotó una pata, subiendo a lo largo de las molduras. Llegó arriba y tropezó con un tazón de fruta de cera. Pulió la plata afiligranada, sacó las frutas y las limpió dejando sólo la del fondo.
-Estoy seguro de que no las toqué -dijo.

Luego se encontró con un cuadro enmarcado que colgaba encima de la mesa.
-Ciertamente no he tocado eso -dijo.

Se quedó mirándolo.

Lanzó una ojeada a todas las puertas de la sala. ¿Qué puertas había abierto esa noche? No podía recordarlo. Límpialas todas, entonces. Empezó con los pestillos, hasta que resplandecieron, y luego restregó las puertas de la cabeza a los pies. No podía correr riesgos. Luego revisó todos los muebles de la sala y limpió los brazos de los sillones.
-Esa silla en que estás sentado, Acton, es una vieja pieza Louis XIV. Siente ese material -dijo Huxley.
-¡No vine a hablar de muebles, Huxley! Vine por Lily.
-Oh, vamos, no puedes tomarte el asunto tan en serio. Ella no te quiere, ya sabes. Me dijo que irá conmigo a México, mañana.

¡Tú y tu dinero y tu condenado mobiliario! Es un hermoso mobiliario, Acton. Tócalo, interpreta bien tu papel de huésped.

Podían descubrirse huellas digitales en los tapizados.
-¡Huxley! -William Acton miró fijamente el cadáver- ¿Sospechaste que iba a matarte? ¿Lo sospechó tu subconsciente, como el mío? ¿Y te dijo tu subconsciente que me hicieses correr por la casa tomando, tocando, acariciando libros, platos, puertas, sillas? ¿Eras tan inteligente y tan perverso?

Limpió todos los sillones y sillas con el apretado pañuelo. Luego recordó el cuerpo. Se inclinó sobre él y lo frotó primero por este lado, luego por este otro, bruñendo todas sus superficies. Hasta lustró los zapatos, gratis.

Mientras lustraba los zapatos, un leve estremecimiento de preocupación le pasó por la cara. Al fin se levantó y se acercó a la mesa.

Sacó y pulió la fruta de cera del fondo del tazón.
-Mejor así -murmuró, y volvió al cuerpo.

Pero cuando se inclinaba hacia el cuerpo, pestañeó, y le tembló la mandíbula. Se incorporó y se acercó otra vez a la mesa.

Frotó el marco del cuadro.

Mientras frotaba el marco del cuadro descubrió…

La pared.
-Eso -dijo- es tonto.
-¡Oh! -gritó HuxIey, rechazando a Acton. Lo empujó mientras luchaban, y Acton cayó tocando la pared, y corrió otra vez hacia Huxley. Estranguló a Huxley. Huxley murió.

Acton dejó resueltamente la pared, trastabillando. Los gritos y la acción se apagaron en su mente. Miró las cuatro paredes.
-¡Ridículo! -dijo.

De reojo vio algo en una pared.
-Me niego a mirar -dijo para distraerse a sí mismo-. ¡Ahora la próxima habitación! Seré metódico. Veamos… Estuvimos en el vestíbulo, la biblioteca, esta sala, el comedor y la cocina.

Había una mancha en la pared, detrás.

Bueno, ¿había una mancha o no?

Se volvió enojado.

Muy bien, muy bien, sólo para estar seguro.

Se acercó y no pudo encontrar ninguna mancha.

Oh, una pequeñita, sí, allí. La borró. De todos modos no era una huella digital. Terminó de borrarla, y su mano enguantada se apoyó en la pared, y miró la pared y cómo se extendía a la derecha y a la izquierda, y por encima de su cabeza y hasta sus pies.
-No -dijo suavemente.

Miró hacia arriba y hacia abajo y de costado y dijo en voz baja:
-Eso sería demasiado.

¿Cuántos metros cuadrados?
-Me importa un bledo -dijo.

Pero, como desconocidos, sus dedos enguantados se movían ya sobre la pared.

Espió la mano y el empapelado del muro. Miró por encima del hombro el otro cuarto.

Debo, ir allá y limpiar lo más importante se dijo, pero la mano se quedó allí, como para sostener la pared, o sostenerlo a él. Se le endureció la cara.

Sin una palabra empezó a fregar el muro, hacia arriba y abajo, hacia arriba y abajo, hacia adelante y atrás, arriba y abajo, arriba estirándose en puntillas de pies, abajo inclinándose todo lo posible.
-¡Ridículo, oh, Señor, ridículo!

Pero debes estar seguro, le dijo su pensamiento.
-Sí, uno tiene que estar seguro -replicó.

Terminó con una pared, y entonces…

Se acercó a otra pared.
-¿Qué hora es?

Miró el reloj de la chimenea. Había pasado una hora. Era la una y cinco.

Sonó el timbre de calle.

Acton se endureció, clavando los ojos en la puerta, el reloj, la puerta, el reloj.

Alguien golpeaba ruidosamente.

Pasó un largo rato. Acton no respiraba. Le faltó el aire y empezó a caer, tambaleándose. En su cabeza rugió un silencio de olas frías que rompían como truenos en pesadas rocas.
-¡Eh, ahí adentro! -gritó una voz de borracho- ¡Sé que estás ahí, Huxley! ¡Abre maldito! ¡Es el chico Billy, borracho como una cuba! Huxley, viejo compañero, más borracho que dos cubas.
-Vete -murmuró Acton silenciosamente, apretado contra la pared.
-Huxley, estás ahí, te oigo respirar -gritó la voz borracha.
-Sí, estoy aquí -murmuró Acton, sintiéndose largo y tendido y torpe en el piso, torpe y frío y mudo-. Sí.
-¡Demonios! -dijo la voz perdiéndose en la niebla. Las pisadas se apagaron-. Demonios…

Acton se quedó tendido un tiempo sintiendo que el rojo corazón le golpeaba en los ojos cerrados, en la cabeza. Cuando al fin abrió los ojos, vio la limpia pared que se alzaba ante él. Al cabo de un rato se animó a hablar:
-Tonterías -dijo-. Esa pared no tiene una mancha. No la tocaré. Apresúrate. Apresúrate. No hay tiempo, tiempo. ¡Sólo faltan unas pocas horas para que lleguen esos condenados amigos!

Se dio vuelta alejándose.

Vio de reojo las telitas de araña. Cuando les volvió la espalda, las arañitas salieron de la madera y tejieron delicadamente sus frágiles telitas casi invisibles. No en la pared de la izquierda, que acababa de limpiar, sino en las otras tres que aún no había tocado. Cada vez que las miraba directamente, las arañas se metían en las grietas de la madera, y salían cuando él se alejaba.
-Estas paredes están bien -insistió casi gritando- ¡No las tocaré!

Se acercó a un escritorio donde Huxley había estado sentado. Abrió un cajón y sacó lo que buscaba.

Una pequeña lupa que Huxley usaba a veces para leer. Tomó la lupa y fue hasta la pared, incómodo.

Huellas digitales.
-¡Pero éstas no son mías! -Acton rió nerviosamente-. ¡Yo no las puse ahí! ¡Estoy seguro! ¡Un sirviente, un mayordomo, quizá una mucama!

La pared estaba llena de huellas.
-Mira ésta -dijo-. Larga y afilada, de mujer. Apostaría todo mi dinero.

¿Apostarías?
-¡Apostaría!
-¿Estás seguro?
-¡Sí!
-¿Realmente?
-Bueno… sí.
-¿Absolutamente?
-¡Sí, maldita sea, sí!
-Bórrala de todos modos, ¿por qué no?
-¡Alla va, Dios mío!
-Fuera con esa condenada mancha, ¿eh, Acton?
-Y esta otra de al lado -se mofó Acton-. Es la huella de un hombre gordo.
-¿Estás seguro?
-¡No empieces otra vez! -estalló Acton, y la borró. Se sacó un guante y alzó la mano, temblando, a la luz deslumbrante.
-¡Mira, idiota! ¿Ves cómo van los verticilos? ¿Ves?
-¡Eso no prueba nada!
-¡Oh, bueno, bueno!

Rabioso, frotó la pared de arriba abajo, de derecha a izquierda, con las manos enguantadas, sudando, gruñendo, jurando, doblándose, incorporándose, con una cara cada vez más encendida. Se sacó la chaqueta y la puso en una silla.
-Las dos -dijo, terminando la pared, mirando el reloj.

Se acercó al tazón de la mesa y sacó las frutas de cera y frotó la del fondo y la puso otra vez en su sitio y frotó el marco del cuadro.

Miró la araña de luces.

Los dedos se le retorcieron a los lados del cuerpo. Se le abrió la boca y la lengua se le movió sobre los labios y miró la araña y apartó los ojos y miró otra vez la araña y miró el cuerpo de Huxley y luego la araña con sus largas perlas de cristal de arco iris.

Trajo una silla y la puso bajo la lámpara y apoyó un pie en el tapizado y lo bajó y arrojó la silla violentamente, riéndose, a un rincón. Luego salió corriendo del cuarto dejando una pared sin limpiar.

En el comedor se acercó a la mesa.
-Quiero mostrarte mi cuchillería gregoriana, Acton -había dicho Huxley. ¡Oh, aquella voz casual e hipnótica!
-No tengo tiempo -dijo Acton-. Tengo que ver a Lily…
-Tonterías, observa esta plata, esta exquisita orfebrería.

Acton se detuvo junto a la mesa donde se alineaban las cajas de cubiertos, oyendo una vez más la voz de Huxley, recordando cuántas veces los había tocado.

Fregó los tenedores y cucharas, y descolgó de la pared todos los platos decorativos y todas las cerámicas especiales…
-Mira esta hermosa pieza de cerámica de Gertrude y Otto Nazler, Acton. ¿Conoces sus trabajos?

Es hermosa.
-Tómala. Dala vuelta. Mira la hermosa del gadez del tazón, trabajado a mano en la mesa giratoria, fino como una cáscara de huevo, increíble. ¿Y el asombroso lustre volcánico? Tómalo, adelante. No me importa.

Tómalo. Adelante. ¡Recógelo!

Acton sollozó entrecortadamente. Lanzó la pieza contra la pared. La cerámica se hizo trizas desparramándose en copos por el piso. Un instante después Acton estaba de rodillas.

Había que encontrar todos los pedazos, todos los fragmentos. ¡Tonto, tonto, tonto! se gritó a sí mismo, sacudiendo la cabeza y cerrando y abriendo los ojos y metiéndose debajo de la mesa. Encuentra todos los pedazos, idiota, no hay que olvidar uno solo. ¡Tonto, tonto! Los juntó. ¿Están todos? Los puso sobre la mesa, ante él. Miró otra vez debajo de la mesa y debajo de las sillas y los aparadores y gracias a la luz de un fósforo encontró otro fragmento más y se puso a frotar cada pedacito como si fuesen piedras preciosas. Los dejó ordenadamente sobre la brillante mesa pulida.
-Una hermosa pieza de cerámica, Acton. Adelante… tócala.

Acton sacó los manteles y servilletas y los frotó, y frotó las sillas y mesas y pestillos y ventanas y anaqueles y cortinas, y frotó el piso y entró en la cocina, jadeando, respirando violentamente, y se sacó el chaleco y se ajustó los guantes y frotó los cromos resplandecientes…
-Te mostraré mi casa -dijo Huxley-. Ven…

Y Acton limpió todos los utensilios y los grifos de bronce y las ollas, pues ahora ya no recordaba qué cosas había tocado y cuáles no. Huxley orgulloso de su batería, ocultando su nerviosidad ante la presencia de un potencial asesino, quizá queriendo estar cerca de los cuchillos que podía necesitar… Habían estado un rato allí, tocando esto, aquello, alguna otra cosa, no podía recordar qué o cuánto o cuántas veces. Acton terminó con la cocina y cruzó el vestíbulo y entró otra vez en la sala donde yacía Huxley.

Acton gritó.

¡Había olvidado la cuarta pared! Y mientras se había ido, las arañitas habían salido de la cuarta pared sucia y habían corrido por las paredes limpias, ensuciándolas otra vez. En el cielo raso, desde el candelero, en los rincones, en el piso, ¡un millón de tejidas telas se estremeció con su grito! mínimas, mínimas telitas, no más grandes que, irónicamente, tu… dedo.

Mientras Acton miraba, otras telas aparecieron sobre el marco del cuadro, el tazón de fruta, el cadáver, el piso. Las huellas cubrían el cortapapeles, los cajones abiertos, la superficie de la mesa, huellas, huellas, huellas en todo, en todas partes.

Acton frotó el piso furiosamente, furiosamente. Hizo rodar el cuerpo y lloró sobre él mientras lo limpiaba, y se incorporó y se acercó a la mesa y limpió la fruta en el fondo del tazón. Luego puso una silla bajo la lámpara, y se subió a la silla y limpió cada llamita colgante, sacudiéndola como una pandereta de cristal, hasta que la llama sonó como una campanilla. Luego saltó de la silla y frotó los pestillos y se subió a otras sillas y refregó las paredes más arriba y corrió a la cocina y sacó una escoba y quitó las telas de araña del cielo raso y limpió la fruta en el fondo del tazón y lavó el cuerpo y los pestillos y la platería y encontró la barandilla de la escalera y siguió la barandilla hasta el primer piso.

¡Las tres! En todas partes, con una furiosa y mecánica intensidad sonaban los relojes. Había doce cuartos abajo y ocho arriba. Imaginó los metros y metros de espacio y tiempo que necesitaba. Cien sillas, seis sillones, veintisiete mesas, seis radios. Y abajo y arriba y detrás. Separó los muebles de las paredes, y sollozando, les sacó el polvo de muchos años atrás, y se tambaleó y síguió la barandilla hacia arriba, sosteniéndose, borrando, fregando, puliendo, pues si dejaba una sola huellita se reproduciría, y habría otra vez un millón de huellas. Habría que repetir el trabajo, ¡y ya eran las cuatro! Le dolían los brazos y se le habían hinchado los ojos que se clavaban fijamente en todas las cosas, y se movía pesadamente, sobre piernas extrañas, cabizbajo, moviendo los brazos, frotando y restregando, dormitorio por dormitorio, armario por armario…

Lo encontraron a las seis y media de la mañana.

En el altillo. La casa entera resplandecía. Los floreros brillaban como astros de vidrio. Las sillas parecían barnizadas. Los hierros, los bronces y los cobres relucían. Los pisos chispeaban. Las barandillas centelleaban.

Todo fulguraba, todo destellaba. ¡Todo era brillante!

Lo encontraron en el altillo frotando los viejos baúles y los viejos marcos y las viejas sillas y los viejos juguetes y cajitas de música y floreros y cubiertos y caballos de madera y monedas polvorientas de la guerra civil.

Acababa de limpiarlo todo cuando el oficial de policía entró con su revólver.
-¡He terminado!


Cuando dejaba la casa, Acton frotó con su pañuelo el pestillo de la puerta de calle y cerró con un portazo triunfal.