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lunes, 14 de junio de 2021

La carretera (de Ray Bradbury)

[Cuento - Texto completo]

La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.

 

Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón -otro río- yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara: “¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:

- Oh, será mejor con el sombrero puesto -Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que Hernando se volvía a recoger el sombrero.

 

- ¿Pasa algo, Hernando? -le dijo su mujer.

- Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa ningún auto.

 

Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.

Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.

Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la lluvia sobre la superficie de cemento.

 

Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos, rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era eso.

Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.

La carretera estaba otra vez desierta.

Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.

 

Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador hervía furiosamente.

- ¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor!

El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia.

Hernando asintió con un movimiento de cabeza.

- Les traeré agua.

- Oh, rápido, por favor -gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada.

Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr.

Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien de tazón.

Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los rostros atormentados.

- Oh, gracias, gracias -dijo una de las jóvenes-. No sabe cómo lo necesitamos.

Hernando sonrió.

- Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.

No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.

Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.

- No quise decir nada malo, señor -se disculpó.

- Está bien -dijo el joven.

- ¿Qué pasa, señor?

- ¿No ha oído? -replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él-: Ha empezado.

No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes, olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las lágrimas.

Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo, ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.

Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.

- No -Hernando se lo devolvió-. Es un placer.

- Gracias, es usted tan bueno -dijo una muchacha sin dejar de sollozar-. Oh, mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.

Y las otras muchachas se unieron a ella.

- No he oído nada, señor -dijo Hernando tranquilamente.

- ¡La guerra! -gritó el hombre como si todos fuesen sordos-. ¡Ha empezado la guerra atómica! ¡El fin del mundo!

- Señor, señor -dijo Hernando.

- Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós -dijo el joven.

- Adiós -dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.

 

Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.

Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.

Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho, mucho tiempo.

La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la selva.

Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el sol.

- ¿Qué ha pasado, Hernando? -le preguntó su mujer, atareada.

- No es nada -replicó Hernando.

Hundió el arado en el surco.

- ¡Burrrrrrrro! -le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.

- ¿A qué llamarán “el mundo”? -se preguntó Hernando.


jueves, 30 de mayo de 2019

El pelo del perro (de Lydia Davis)

[Cuento- Texto completo]
El perro se ha ido. Lo echamos de menos. Cuando suena el timbre, nadie ladra. Cuando volvemos tarde a casa, no hay nadie esperándonos. Seguimos encontrándonos pelos blancos aquí y allí por toda la casa y en nuestra ropa. Los recogemos. Deberíamos tirarlos. Pero es lo único que nos queda de él. No los tiramos. Tenemos la esperanza de que si recogemos suficiente pelo, seremos capaces de recomponer al perro.


martes, 28 de agosto de 2018

El amor es ciego y la locura le acompaña (Anónimo)

[Cuento - Texto completo]
Cuentan que una vez se reunieron en un lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura, como siempre tan loca, les propuso: “¿Jugamos al escondite? “. La Intriga levantó la ceja intrigada y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: "¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?"
- Es un juego -explicó la Locura- en que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando yo haya terminado de contar empezaré a buscarles. El primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar el juego.
El Entusiasmo bailó secundado por la Euforia. La Alegría dio tantos saltos que termino por convencer a la Duda, e incluso a la Apatía, a la que nunca le interesaba nada.
Pero no todos quisieron participar. La Verdad prefirió no esconderse (¿para qué, si al final siempre la hallaban?), la Soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiera sido suya), y la Cobardía prefirió no arriesgarse...

- Uno, dos, tres… - comenzó a contar la Locura.
La primera en esconderse fue la Pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo, y la Envidia se escondió tras la sombra del Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto.
La Generosidad casi no alcanzaba a esconderse; cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: que si un lago cristalino, ideal para la Belleza; que si el bajo de un árbol, perfecto para la Intimidad; que si el vuelo de la mariposa, lo mejor para la Voluptuosidad; que si una ráfaga de viento, magnifico para la Libertad. Así que termino por ocultarse en un rayito de sol.
El Egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo, pero sólo para él. La Mentira se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira!, en realidad se escondió detrás del arco-iris), y la Pasión y el Deseo en el centro de los volcanes. ¿Y el Olvido? Se me olvidó dónde se escondió…
Cuando la Locura contaba 999.999, el Amor todavía no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

- ¡Un millón! - contó la Locura y comenzó a buscar.
La primera en aparecer fue la Pereza, sólo a tres pasos de la piedra. Después escuchó a la Fe cantando a Dios en el cielo. Y a la Pasión y al Deseo los sintió en el vibrar de los volcanes.
En un descuido encontró a la Envidia y, claro, pudo deducir donde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo; él solito salió disparado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.
De tanto caminar sintió sed y, al acercarse al lago, descubrió a la Belleza. Y con la Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún de qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos: el Talento entre la hierba fresca, la Angustia en una oscura cueva, la Mentira detrás del arco-iris y hasta el Olvido, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero el Amor no aparecía por ningún sitio. La Locura buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal y las rosas. Tomó una horquilla y comenzó a mover los ramos, cuando de pronto se escuchó un grito de dolor. Las espinas habían herido en los ojos al Amor. La Locura no sabía qué hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la tierra, el amor es ciego y la locura lo acompaña siempre.



martes, 22 de mayo de 2018

Al otro lado (Anónimo)

[Cuento - Texto completo]
Nunca me han gustado los espejos. De pequeña, me parecía curioso cómo un simple fragmento podía reflejar todo nuestro mundo y a nosotros mismos con lujo de detalles, era maravilloso, mágico. Luego, esa sensación fue convirtiéndose en un presentimiento mucho más oscuro. Mi abuela solía decir que los espejos son portales hacia otro mundo, un mundo que no conocemos y que no estoy segura de que quiera conocer.

Por eso he procurado mantenerlos al mínimo en casa. De hecho, solamente hay uno en el baño. Es pequeño y lo uso estrictamente de día, para mirarme con la luz del sol. Pero no demasiado.

Nunca me miro demasiado.

Y es que, cuando te estás arreglando frente al espejo y te ves a ti mismo en esa extraña dimensión, ¿no tienes la sensación de que te están observando? ¿Que ese otro tú al otro lado de esa delgada barrera, no eres tú, si no alguien que ha venido para suplantarte?

Yo he sentido lo mismo desde que era niña y puede que digas que estoy loca, pero estoy segura de que es cierto. Aunque nunca se lo he confiado a nadie, claro está.

Me gusta pensar que este es sólo nuestro secreto.

Comencé a sospechar como a los seis años, una noche en la que me preparaba para ir a dormir. Me cepillaba el pelo como de costumbre frente a mi pequeño tocador, mirándome de manera inofensiva. Recuerdo que me gustaba mucho verme en el espejo, me consideraba una niña bonita y mis padres siempre me lo decían. Con mi carita de muñeca y mi largo pelo castaño.

En ese momento sonreí y mi reflejo hizo lo mismo, pero su gesto era diferente. Creí percibir una pizca de malicia en el modo en que esos labios se curvaron hacia arriba, mientras mis propios ojos me observaban con burla, como si mi otra yo supiera algo que yo desconociera.

Me miré con más atención y entonces, un escalofrío recorrió mi columna vertebral.

Porque sí, esa niña en el espejo se parecía muchísimo a mí, pero no era yo. No sonreía de la misma manera. Y definitivamente, se demoró un segundo haciéndolo cuando mis propios labios volvieron a formar una línea recta, mientras yo empalidecía por mi horrible descubrimiento.

Ahora, quien me devolvía la mirada era una chiquilla sumamente asustada, pero hasta en eso me parecía que se estaba burlando de mí.

Le gustaba imitarme.

Es por eso que odio los espejos. Porque siento que mientras más de ellos haya en casa, más oportunidades va a tener de suplantarme y no pienso darle el gusto. Sé que sigue en el pequeño espejo del baño, vigilándome, buscando una oportunidad para poder entrar. Dejando correr el agua por las noches o levantando la tapa del inodoro para que yo entre por fuerza y pueda atraparme.

Pero siempre ignoro esos ruidos, porque sé cual es su propósito. Y no va a lograrlo.

No vas a lograrlo nunca, ¿me entiendes?

Mi reflejo parece sonreír, desafiante.


jueves, 3 de mayo de 2018

Una historia sin sentido (Anónimo)

[Cuento - Texto completo]
El cielo se abrió y la Luna quedó al descubierto. Una piedra lanzada desde una gomera le había producido una hendidura y ahora la grieta se hacía cada vez mayor.
Poco tiempo pudo aguantar y la herida terminó por matarle. El hoyo producido se fue extendiendo y el contenido que rellenaba la roca blanca se vertió sobre el planeta.

En la Tierra, la gente brillaba con distintos colores, cada uno reflejando sus sentimientos.
Pero, al mirar al cielo, todas cambiaron y se mantuvieron en dos colores, el del miedo y el de la preocupación.

La gente corrió en una vorágine extrema. Era un mar de luces naranjas que se movían por doquier, intentando escapar de su destino. De negras a naranjas fueron alternando, produciendo un espectáculo hermoso visto desde el espacio.

La Luna se seguía vaciando, su líquido blanco, espero e inodoro caía en forma de catarata a la tierra y cubría el suelo deborando todo a su paso.
Sin embargo, al ser tragadas por el contenido del satélite, las luces cambiaron de color de negro o naranja a un blanco más brillante que el propio medio donde se encontraban.
Sorprendidos porque sus luces no se habían apagado, estaban como flotando en aquella sustancia. Podían ver y respirar dentro de ella y para moverse debían nadar, pero si no lo hacían, no se hundían.
Algunas personas cambiaron su luz y comenzaron a brillar con un tono amarillento que nunca habían experimentado. Al tener ese tono, sus cuerpos descendieron al suelo y pudieron moverse libremente.
No pasó mucho hasta que entedieron lo que sucedía. El Sol, al observar la situación, se mutiló para que parte de su escencia caiga a la Tierra y salve a las personas.
El Sol se fue apagando poco a poco, a medida que la Tierra volvía a la normalidad.
Muchos perecieron, incluyendo aquel que provocó la herida a la Luna.

El maná del astro fue desaparecieron hasta que la estrella perdió todo su color. Sin embargo, no se perdió, sino que pasó a todos los humanos del planeta que ahora brillaban la intensidad del Sol.
Los hermanos habían desaparecido físicamente, pero sus escencias se fusionaron con las almas de los supervivientes.
Cada uno ahora poseía el poder de hacer crecer los cultivos, de dar calor y frio, de dar brillo y oscuridad, de reconfortar el día y de deslumbrar a su alrededor. En mayor y menos medida, cada ser humano poseía la magia del Sol y de la Luna en su interior.
El brillo y los colores continuaban, pero ahora alternaban entre dos, el blanco y el amarillo.
Los sobrevivientes no fueron muchos, sin embargo, gracias a lo sucedido, los cultivos, la ganadería, la pesca, la calidad de vida en general, aumentó para los que permanecieron de pie.
Cada persona se había convertido en un Sol y en una Luna en si mismos, no solo eso, sino que la mismísima Tierra, el propio planeta, también comenzó a brillar dándo origen a nuevas posibilidades, nuevos frutos, nuevos animales, nuevas comidas y nuevas ideas.

El brillo los mantenía con vida, era su esperanza y su alegría. Aquella era comenzó desde aquel día y se la conoció como la “Era de la grandeza”.


Fuente: http://humorpensante.com/2017/07/13/una-historia-sin-sentido/

lunes, 23 de abril de 2018

Brillante silencio (de Spencer Holst)

[Cuento - Texto completo]
Dos osos kodiak de Alaska formaban parte de un pequeño circo en que la pareja aparecía todas las noches en un desfile empujando un carro cubierto. A los dos les enseñaron a dar saltos mortales y volteretas, a sostenerse sobre sus cabezas y a danzar sobre sus patas traseras, garra con garra y al mismo compás. Bajo la luz de los focos, los osos bailarines, macho y hembra, fueron pronto los favoritos del público.

El circo se dirigió luego al sur, en una gira desde Canadá hasta California y, bajando por México y atravesando Panamá, entraron en Sudamérica y recorrieron los Andes a lo largo de Chile, hasta alcanzar las islas más meridionales de la Tierra de Fuego. Allí, un jaguar se lanzó sobre el malabarista y, después, destrozó mortalmente al domador. Los conmocionados espectadores huyeron en desbandada, consternados y horrorizados. En medio de la confusión, los osos escaparon. Sin domador, vagaron a sus anchas, adentrándose en la soledad de los espesos bosques y entre los violentos vientos de las islas subantárticas. Totalmente apartados de la gente, en una remota isla deshabitada y en un clima que ellos encontraron ideal, los osos se aparearon, crecieron, se multiplicaron y, después de varias generaciones, poblaron toda la isla. Y aún más, pues los descendientes de los dos primeros osos se trasladaron a media docena de islas contiguas. Setenta años después, cuando finalmente los científicos los encontraron y los estudiaron con entusiasmo, descubrieron que todos ellos, unánimemente, realizaban espléndidos números circenses.

De noche, cuando el cielo brillaba y había luna llena, se juntaban para bailar. Formaban un círculo con los cachorros y otros osos jóvenes, y se reunían todos al abrigo del viento, en el centro de un brillante cráter circular dejado por un meteorito que había caído en un lecho de creta. Sus paredes cristalinas eran de creta blanca, su suelo plano brillaba, cubierto de gravilla blanca, y bien drenado y seco. Dentro de él no crecía vegetación. Cuando se elevaba la luna, su luz, reflejada en las paredes, llenaba el cráter con un torrente de luz lunar, dos veces más brillante en el suelo del cráter que en cualquier otro lugar próximo. Los científicos supusieron que, en principio, la luna llena recordó a los dos osos primigenios la luz de los focos del circo y, por tal razón, bailaban bajo ella. Pero, podríamos preguntarnos, ¿qué música hacía que sus descendientes también bailaran?

Garra con garra, al mismo compás… ¿qué música oirían dentro de sus cabezas mientras bailaban bajo la luna llena en la aurora austral, mientras danzaban en brillante silencio?


jueves, 2 de noviembre de 2017

Todo es posible (de Pablo Sansone)

[Cuento - Texto completo]
Una vez me cagó un cóndor. Tenía unos cinco o seis años. Era un sábado de abril y mi abuela Lala me llevó al Parque Pueyrredón.

Podría haber pasado en el Parque Las Heras o la Plaza Francia. Pero no fue en ninguno de esos lugares. Aquí empezó a forjarse el primer eslabón de una cadena del destino que acabó conmigo aquí, escribiendo estas páginas.

Yo por esa época la pasaba bastante mal en casa. Los fines de semana iba a lo de Lala, mi abuela. Llegaba la cinco de la tarde del viernes y yo sentía la inercia del fin de las pesadillas ¡Es tan vívida esa sensación ahora mismo! Todavía uso ese recuerdo para darle tela a mi imaginación cuando pienso en felicidad y buena suerte.

Iba en el colectivo con los ojos cerrados, pensando en el fin de semana de sol. Después de cuarenta y cinco minutos de viaje en soledad, el colectivero me decía "Es tu parada pibe" y yo me bajaba en una calle de adoquines en Barrio Norte y ahí estaba mi abuela, la persona más buena del mundo, dispuesta a hacerme pasar el mejor fin de semana del mundo. Nos abrazábamos, yo me sentía finalmente despierto. Lejos de la mufa.

La acompañaba a hacer las compras. Comprábamos provisiones para el fin de semana en un supermercado de la calle Austria. Fiambrín, que era un queso con pintitas de fiambre, Nesquik, pan lactal Fargo y Coca Cola. Yo la acompañaba en la cocina mientras preparaba sus manjares para mí. Después mirábamos el informativo y ella me tapaba los ojos cuando la noticia era medio escabrosa. Comíamos, siempre delicioso y yo me iba a leer un cuento a la cama y a dormir rapidito para despertarme temprano e ir a la plaza, que era un lugar de felicidad, pasto y arena.

En Montevideo no hay cultura de “plaza”. Hay algunos parques muy lindos y la gente los usa, pero el mar se roba toda la atención. Bueno, en realidad la rambla, porque la gente de Montevideo va a la rambla y se sienta dándole la espalda al mar, nunca supe por qué. En Buenos Aires no te queda otra y la gente es muy “dominguera”, muy de la plaza. En verano se va en malla a tomar sol a las plazas. Los pastores evangélicos dan sus sermones en las plazas. Te alquilás un karting en las plazas. Te comprás una Cíndor de vidrio bien fría en una plaza. Mi escuela en Buenos Aires quedaba adentro de una plaza.

Mi abuela me acariciaba el pelo y yo sabía que era hora de despertarse y desayunar un Nesquilk caliente y unas tostadas de pan Fargo (yo no toleraba otras marcas), apenas tostado –nunca quemado- con manteca y azúcar. Lala respetaba mis manías infantiles como si se tratara de algo sagrado. Ahora, con la distancia de los años, entiendo que sí era sagrado todo ese ritual. Era mi momento de la semana para cargar el tanque de la alegría infantil a pleno y así contrarrestar los pesares de la semana. Mi abuela manejaba este código perfectamente y sabía que era lo único que podía hacer y por eso operaba con toda precisión.

Antes de despertar yo tenía un segundo en el que pensaba que todo podía haber sido parte de un sueño y despertaría en mi casa con todo el mal humor y los malos tratos.

Un sábado de esos fuimos al Parque las Heras, pero vino el Trencito de la Alegría y nos llevó al Parque Pueyrredón. Lala charlaba con su compañera de banco, una señora con cara de poroto de soja y pañuelo en la cabeza y yo corría alrededor del banco haciendo avioncito con los brazos y ruidito a motor. De repente vi unos niños con una pelota que jugaban al veinticinco contra la Facultad de Ingeniería. Lala interrumpió por un instante su conversación sobre la lentitud de los trámites municipales y me puso cara de que fuera a jugar. Corrí hacia ellos y todo se puso negro. Al principio tuve miedo que fuera un sueño y fuera el momento de despertarse y fuera un miércoles nefasto o peor, un lunes. Pero no me desperté. Algo había cubierto mi cara, algo pastoso. Era una especie de dulce de leche arenoso y olía muy mal. Me liberé los ojos para poder ver, tal como los 3 chiflados cuando recibían pastelazos. Miré a mi abuela y ella vino corriendo hasta donde estaba. Me miró, estaba preocupada pero también un poco tentada, la situación era demasiado rara y graciosa. La señora con cara de poroto de soja corrió a un puesto de panchos y pidió servilletas, gritando como si me hubieran atropellado. Ambas, como pudieron, me limpiaron un poco, pero la cantidad de, digamos, “dulce de leche” era enorme.

Los gritos y corridas concitaron la atención de toda la plaza. Nos rodearon en círculo. Los más viejos deslizaban teorías sobre lo que me había pasado. Una señora gordita tenía la teoría de que se trataba de una paloma con diarrea, pero una parejita joven afirmó que el peso de toda esa materia era superior al de toda una paloma adulta. Yo comenté que el golpe había sido tremendo, incluso me dolía bastante la cara y estaba como atontado. Mi abuela paró un taxi y nos fuimos con la gente mirándonos. Se quedaron rascando la cabeza, discutiendo, tirando hipótesis.

Llegamos a la casa y Lala me puso en la bañera y me lavó con cuidado.

-Te cagó un cóndor –me dijo con una sonrisita muy de ella-. Vestite que comemos y nos vamos al cine.

Veinte años después del incidente de la cagada de pájaro, fui a visitar a mi abuela. Ahora vivíamos en Montevideo, yo tenía unos veintiséis años y Lala ochenta. Nos tiramos en su cama a ver el informativo como hacíamos siempre, aunque ahora ella ya no me tapaba la cara con las noticias escabrosas, sino más bien al revés. En un corte de Telemundo doce puse Discovery Channel y había un especial sobre el cóndor y ponían un mapa 3d con la zona de influencia, marcada por un punto rojo. El punto se agrandaba desde la cordillera hasta al borde de Buenos Aires.

-¿Viste Lalita? Aquel día lo que me cagó fue un cóndor.

-Siempre lo supe –contestó mi abuela, pero con cara seria. Quiero decirte algo Pablito –continuó-. Yo me estoy muriendo, pero cuando suceda vos no te podés poner mal. Soy tu abuela y te lo prohíbo. Yo ya viví todo lo que tenía que vivir y si querés darle un sentido aun más amplio a mi vida, prometeme que siempre vas a luchar por ser feliz, porque la felicidad es algo que se busca, se lucha por eso. Hasta te puede cagar un cóndor, pero siempre te podés limpiar.

En ese instante no le di tanta importancia a sus palabras. Le hice un mimo y le dije:

-Lalita, dejate de joder, no te vas a morir. Lo importante es que debelamos un misterio que tiene más de veinte años.

Cuando nos despedimos, mi abuela tenía una mirada rara. Me quedé preocupado.

Al otro día, me desperté antes y pasé antes de irme al trabajo y desayunamos juntos. Y le dejé a Aurora, mi perrita, para que le hiciera compañía. Le dije que volvería a las 7 para mirar el informativo y si quería me quedaría a dormir en su casa.

Mamá me llamó como a las cuatro, nerviosa. Mi abuela no contestaba el teléfono. A veces esto ocurría y finalmente no pasaba nada, Lala estaba bastante sorda. Pero esta vez pedí en el trabajo que me dejaran salir y me fui en un taxi. Cuando abrí la puerta me recibió Aurora con ladridos desesperados y supe que algo pasaba.

Cuando llegué al living, mi abuela y compañera inseparable estaba sin vida, tirada bocabajo en un sillón. Aurora le lamía los pies y me miraba. La abracé con todas mis fuerzas y me puse a llorar. Llamé a la policía, a mi vieja y un montón de cosas que ahora no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo perfectamente, fueron esos minutos antes de todo el quilombo, cuando quedamos solos, Lalita, Aurora y yo. Miré a Lala y recordé sus últimas palabras, me sequé las lágrimas. Pensé: "Tengo que hacer honor a lo que me pidió mi abuela". Me sequé las lágrimas y me quedé acostado al lado de ella, le conté lo complicado que había sido el día y algunos planes que tenía a futuro. Aurora se calmó. Deben haber sido tres o cuatro minutos, pero fueron los minutos más mágicos de mi vida, como cuando me despertaba el olor a tostadas y no era un sueño. Se vivió una paz que nunca más sentí. Recorrí el departamento con la vista y vi mis fotos colgadas en las paredes, los libros, la taza de café con leche sobre la mesa, el costurero, el diario El País, la tele prendida.

Me levanté para abrirle la puerta a la policía, pero antes fui a apagar la tele. Estaban pasando el documental de los cóndores otra vez y el locutor decía: Estos animales majestuosos vuelan con una determinación tremenda, parece no importarles las fuertes corrientes de los Andes.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Defensa de la derrota (de Roberto Fontanarrosa)

[Cuento - Texto completo]
Se apoyará, primero, los brazos estirados, las palmas de las manos contra la pared. Respirará hondo y acompasadamente varias veces, hasta que el frío de la pared le llegue. Cerrará los ojos, no mucho tiempo. Sentirá entonces, penetrándole, un reposo húmedo. Será la tristeza. Algo tibio. Íntimo, casi fraterno. Decididamente poético. Eso. Poético. Se sentará entonces, sin mirar a nadie. Le punzarán algunas miradas furtivas. De reojo. No deberá hablar casi. Ni insultar. Deberá callar largamente. Sentirá entonces, creciéndole, un orgullo callado, quieto. Será la dignidad. Lo tomará del hombro, llenando con blandura el silencio que acompaña a los fracasos. No deberá llorar. Nunca. Tal vez apretar fuertemente la mandíbula. Un instante. Se pondrá de pie. Sentirá entonces, en el pecho, detrás de los labios, un escozor denso y aguachento. Será el romanticismo, que envuelve en una gasa tenue todas las derrotas. Tomará entonces su frágil fama, su trémulo orgullo antes impecable, se vestirá con ellos cuidadosamente, casi con cariño, y se marchará. No habrá las historias resonantes de la victoria, las felicitaciones sofocantes de la victoria. Estará solo. Y tendrá que caminar lento, pero no muy lento. Una mano en el bolsillo y un gesto vacío en la cara. Apenas una palidez quebradiza en la piel cubierta paternalmente por la solapa levantada. No habrá ni un solo amigo. Ni uno. O tal vez uno que respetará el momento, el silencio, la tristeza, que dejará caer casi con temor, o con respeto, una palmada leve sobre el hombro, como temiendo romper algo, como temiendo que se le desprenda al vencido ese fino revoque de melancolía, de nostalgia. El vencido sacudirá una vez la cabeza, o dos, en agradecimiento, sin hablar, porque una palabra, un gesto amartillado en falso, puede precipitar el llanto. Y el vencido digno no se permitirá llorar ante terceros. Se marchará solo. Se preparará en su casa un café fuerte, negro, espeso y caliente. Se tomará la cara con las dos manos, para apretarse aun más sobre los párpados esa poesía inútil de las derrotas. Para fijarse sobre los pómulos todo el romanticismo suave e impalpable de las derrotas. Se podrá permitir, ahora sí, un gesto nervioso, un puñetazo corto y duro al aire dulzón de la cocina o bien sobre la mesa. Se podrá permitir, ahora sí, llorar con un llanto comprimido, convulsivo, desesperado y hondo contra el marco de la puerta del comedor. Deberá luego lavarse la cara, secarse los ojos con una toalla. Mirarse al espejo preguntándose si tenía realmente necesidad de llorar.

Y se sentará en el sillón de mimbre.

Tomará su café.

No se sentirá tan mal, después de todo.

Del libro "Los trenes matan a los autos"

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Hop-Frog (de Edgar Allan Poe)

[Cuento - Texto completo]
Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.

Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los “espíritus” del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el “Gargantúa” de Rabelais al “Zadig” de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.

En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias “potencias” continentales conservaban aún sus “locos” profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.

Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio... Y la suya propia.

Su “loco”, o bufón profesional, no era tan solo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.

Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.

Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.

No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.

No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.

En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.

Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión... salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.

Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) “a estar alegre”.

-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes... (Hop-Frog suspiró)... y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes... personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.

Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de “sus amigos ausentes” hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.

-¡Ja, ja, ja! -rio éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!

¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la “broma” del rey.

-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.

--aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos... ¡Ja, ja, ja!

Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.

También rio Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.

-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?

-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.

-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que...!

El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.

Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo... de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.

La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.

Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.

-¿Qué... qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.

Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:

-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.

-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.

-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.

Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.

-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria... una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y...

-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?

-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.

-Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.

-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.

-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.

-Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad... y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.

-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!

-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.

-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.

La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.

Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.

El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.

El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.

Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.

El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.

Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.

Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.

A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.

-¡Dejádmelos a mí! -gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!

Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:

-¡Pronto podré deciros quiénes son!

Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.

Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.

-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!

Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.

Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:

-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón... y esta es mi última bufonada.

A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.

Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.


viernes, 22 de septiembre de 2017

La tristeza (de Rosario Barros Peña)

[Cuento - Texto completo]
El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad. La otra mitad la puse en un plato en la mesilla, al lado del tazón de leche. Mi madre sigue igual, con los ojos rojos que miran sin ver y el pelo, que ya no brilla, desparramado sobre la almohada. Huele a sudor la habitación, pero cuando abrí la persiana ella me gritó. Dice que si no se ve el sol es como si no corriesen los días, pero eso no es cierto. Yo sé que los días corren porque la lavadora está llena de ropa sucia y en el lavavajillas no cabe nada más, pero sobre todo lo sé por la tristeza que está encima de los muebles. La tristeza es un polvo blanco que lo llena todo. Al principio es divertida. Se puede escribir sobre ella, “tonto el que lo lea”, pero, al día siguiente, las palabras no se ven porque hay más tristeza sobre ellas. El profesor dice que estoy mal porque en clase me distraigo y es que no puedo dejar de pensar que un día ese polvo blanco cubrirá del todo a mi madre y lo hará conmigo. Y cuando mi padre vuelva, la tristeza habrá borrado el “te quiero” que le escribo cada noche sobre la mesa del comedor.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Cubículo (de Lautaro Fonseca Marziali)

[Cuento - Texto completo]
En un lóbrego departamento, vive Eugenio, es 14 de julio de 2150.

Un problema de estas épocas, es la terrible enfermedad que asola desde hace un tiempo: la alienación.

Es la peor de las enfermedades; los problemas mentales, perduran, mutan, crecen y arrasan.

La gente pasa sus días trabajando, y el resto del tiempo, visitando virtualmente a sus familiares y amigos, los más chicos juegan con la realidad virtual y con juegos holográficos. Casi nadie sale de su casa.

Es normal vivir solo en un cubículo de cemento y hierro, con aire acondicionado, y oxígeno que provee el Estado, no se puede salir al exterior, la última guerra química, devastó todo, y contaminó el aire.

Tan solo quedaron pocas ciudades, en las cuales la población se centralizó en estos patéticos rascacielos, de hasta trescientos pisos; herméticamente cerrados.

En ellos, hay hospitales, supermercados, plazas, y todo aquello que sea propio de una comunidad.

El caso de Eugenio es llamativo, porque nunca se acostumbró a esta vida, a pesar de que nació después de la guerra, y no ha vivido en el exterior antes de este desastre.

Pasa sus días corriendo en las horas libres, le gusta mucho el deporte, y trabaja en una empresa de energía solar, la cual está desarrollando un domo con aire purificado, para poder recuperar lugares perdidos.

Está de novio con Amalia, ella vive en otro edificio, hace poco que se conocen, y están iniciando una relación que parece prometedora. Ella es profesora de historia, y también le gusta correr, así se conocieron, en la plaza de uno de los edificios.

En momentos de reflexión, él parece trasladarse a otro sitio, llega a un profundo estado de concentración que lo hace viajar.

Ahí, se abre espiritualmente, deja que la imaginación y el placer,  invadan su conciencia. Se regocija con lo imaginado.

Añora que un día todo vuelva a ser normal, que pueda caminar fuera de donde vive, beber el agua del río, recostarse bajo un árbol.

Una mañana, de su día no laborable, muy temprano, acongojado y estrepitosamente alterado por el encierro, toma la decisión de irse, de salir. Es ese momento en el que uno no evalúa lo que posee, o lo que deja atrás, y drásticamente piensa con el impulso ilusorio de la irracionalidad, de la visceralidad de inquietudes venturosas que empujan por años para atravesar las capas de la mente; esta determinación excluía a Amalia, su trabajo, y su inquietante vida.

Viola la seguridad, y logra abrir las tres puertas que lo separan del exterior.

Corre velozmente y se interna en el bosque.

El veneno del aire tarda unas cuatro horas en hacer su efecto mortal.

Desesperado busca el río, con esas ansias con las que un esclavo, advirtiendo que puede escapar de su calvario, tiene a su alcance la libertad; para sorpresa de él, encuentra cerca del agua, un perra a punto de parir, este animal tenía deformaciones en su cuerpo, había estado expuesto a la radiación quién sabe por cuánto tiempo, se queda atónito frente a ella, con una sensación de vacilación y nerviosidad.

Sabiendo del tiempo restante, decide quedarse con el pobre animal, y al cabo de un par de horas, nacen cuatro cachorros.

El nacimiento de un perro, es una de las maravillas de la naturaleza, pero la conmoción para él fué tan grande, que la perplejidad se hizo piel, en persona era testigo de este fenómeno, porque únicamente lo había visto en frías imágenes digitales.

Recostado, permaneció junto a los animales, y ya sin fuerzas, casi sin poder respirar, los ojos le quedaron abiertos, enrojecidos, y llenos de lágrimas.


viernes, 15 de septiembre de 2017

La fruta en el fondo del tazón (de Ray Bradbury)

[Cuento - Texto completo]
William Acton se incorporó. El reloj sobre la chimenea dio las doce de la noche.

Se miró las manos y miró el cuarto a su alrededor y miró al hombre que yacía en el piso. William Acton, cuyos dedos habían apretado teclas de máquinas de escribir y hecho el amor y freído jamón con huevos en tempranos desayunos, había ahora cometido un crimen con los mismos dedos verticilados.

Nunca había pensado en ser escultor, y sin embargo, en este momento, mirando entre sus manos el cuerpo tendido en el pulido piso de madera, advirtió que apretando, retorciendo, remodelando de algún modo la arcilla humana, había transformado a este hombre llamado Donald Huxley, le había cambiado la cara, y hasta la forma del cuerpo.

Con un leve movimiento de los dedos había borrado el particular brillo de los ojos grises de Huxley, y lo había reemplazado con la ciega opacidad de un ojo helado en su órbita. Los labios, siempre rosados y sensuales, se habían levantado para mostrar los dientes equinos, los incisivos amarillos, los caninos manchados de nicotina, los molares con incrustaciones de oro. La nariz, antes también rosada, era ahora veteada, pálida, descolorida, como las orejas. Las manos de HuxIey, sobre el piso, estaban abiertas, y por primera vez suplicaban y no exigían.

Sí, era una obra de arte. En conjunto, el cambio había favorecido a Huxley. La muerte lo había transformado en un hombre más tratable. Ahora uno podía hablar con él, y él tenía que escuchar.

William Acton se miró los dedos.

Estaba hecho. No podía retroceder. ¿Lo había oído alguien? Escuchó. Afuera continuaban los ruidos normales del tránsito tardío. Nadie golpeaba la puerta de la casa, ningún hombre intentaba transformarla en leña, ninguna voz exigía entrar. Había cometido el asesinato, había enfriado la arcilla y nadie lo sabía.

¿Ahora qué? El reloj había dado las doce de la noche. Todos sus impulsos estallaban en una histeria que lo arrastraba hacia la puerta. Apresúrate, corre, no vuelvas nunca, salta a un tren, llama a un taxi, vete, corre, camina, pasea, ¡pero aléjate de aquí!

Las manos se le movieron ante los ojos, flotando, volviéndose.

Las torció y retorció con lentitud, deliberadamente; parecían aéreas, livianas como plumas. ¿Por qué las miraba de ese modo?, se preguntó a sí mismo. ¿Había algo en ellas de inmenso interés, de modo que debía hacer una pausa, luego de una exitosa estrangulación, y examinarlas verticilo por verticilo?

Eran manos comunes. Ni gruesas, ni flacas; ni largas, ni cortas; ni velludas, ni desnudas; poco cuidadas y sin embargo limpias; poco blandas y sin embargo sin callos; sin arrugas y sin embargo tampoco lisas; nada criminales y sin embargo tampoco inocentes. Parecía como si fuesen milagros que debía mirar.

Pero no le interesaban las manos como manos, ni los dedos como dedos. En la entumecida intemporalidad que había seguido a la violencia, sólo le interesaban las puntas de los dedos.

El tic-tac del reloj sonaba sobre la chimenea. Se arrodilló junto al cuerpo de Huxley, sacó un pañuelo del bolsillo de Huxley, y limpió con él el cuello de Huxley. Frotó y masajeó el cuello y restregó la cara y la nuca con feroz energía. Luego se incorporó.

Miró el cuello. Miró el piso pulido. Se inclinó lentamente, y sacudió el polvo con el pañuelo. Enseguida frunció el ceño y frotó el piso. Primero, cerca de la cabeza del cadáver; después, cerca de los brazos. Limpió cuidadosamente el piso hasta un metro alrededor del cadáver. Luego limpió el piso hasta dos metros alrededor del cadáver. Luego limpió el piso hasta tres metros alrededor del cadáver. Luego… Se detuvo.

En un momento le pareció ver toda la casa, las paredes con espejos, las puertas talladas, los espléndidos muebles, y tan claramente como si la repitieran palabra por palabra oyó la charla que habían tenido Huxley y él mismo sólo hacía una hora.

Un dedo en el timbre de Huxley. La puerta de Huxley se abre.
-¡Oh! -dice Donald Huxley sorprendido-. Eres tú, Acton.
-¿Dónde está mi mujer, Huxley?
-¿Piensas que te lo diré realmente? No te quedes ahí, idiota. Si quieres discutir el asunto, entra. Por esa puerta. Allí, en la biblioteca.

Acton había tocado la puerta de la biblioteca.
-¿Bebes?
-Un trago. Lo necesito. No puedo creer que Lily se haya ido, que ella…
-Ahí hay una botella de borgoña, Acton. ¿No te importa sacarla del armario?

Sí, sácala. Tómala. Tócala. La había tocado.
-Hay algunas primeras ediciones interesantes allí, Acton. Mira esa encuadernación, siéntela.
-No vine a ver libros. Yo…

Había tocado los libros. Y la mesa de la biblioteca y la botella de borgoña y los vasos de borgoña.

Ahora, en cuclillas junto al frío cuerpo de Huxley, con el pañuelo en los dedos, inmóvil, miró la casa, los muros, los muebles de alrededor, con los ojos cada vez más abiertos, la mandíbula caída, asombrado por lo que había hecho y lo que veía. Cerró los ojos, dejó caer la cabeza, arrugó el pañuelo entre las manos, apelotonándolo, mordiéndose los labios.

Las huellas digitales estaban en todas partes, ¡en todas partes!
-¿No te importa traer el borgoña, Acton, eh?

¿La botella de borgoña, eh? ¿Con tus dedos, eh? Estoy terriblemente cansado. ¿Entiendes?

Un par de guantes.

Antes de hacer nada más, antes de limpiar otra área, debía conseguir un par de guantes. 0 imprimiría otra vez su identidad, sin darse cuenta.

Se metió las manos en los bolsillos. Caminó por la casa, hasta el paragüero, las perchas. El abrigo de Huxley. Dio vuelta los bolsillos.

No había guantes.

Otra vez con las manos en los bolsillos, subió las escaleras, moviéndose con una medida rapidez, no permitiéndose a sí mismo ningún frenesí, ningún desorden. Había cometido el error inicial de no llevar guantes (pero, después de todo, no había planeado un asesinato, y su subconsciente, que podía haber anticipado el crimen, ni siquiera le había insinuado que debía ponerse guantes antes de que terminara la noche), de modo que ahora tenía que pagar su pecado de omisión. En alguna parte en la casa debía de haber un par de guantes. Tenía que apresurarse. Había una posibilidad de que alguien visitase a Huxley, aun a esta hora. Amigos ricos que venían a beber o habían bebido en otra parte, que reían, gritaban, iban y venían sin un hola ni un adiós. Podía ocurrir en cualquier momento, y a las seis de la mañana los amigos de Huxley vendrían a buscarlo para ir al aeropuerto y viajar a la ciudad de México…

Acton corrió en el piso de arriba abriendo cajones, usando el pañuelo como un secante. Abrió setenta u ochenta cajones en seis cuartos, dejándolos, podría decirse, con la lengua afuera, corriendo a abrir otros. Se sentía desnudo, imposibilitado de hacer algo hasta que tuviera los guantes. Podía fregar toda la casa con el pañuelo, pasándolo por todas las superficies donde había dejado quizá sus huellas digitales y luego accidentalmente tocar una pared aquí o allí, ¡sellando de ese modo su propio destino con un retorcido símbolo microscópico! ¡Sería como poner su estampilla de aprobación al crimen, eso sería! Como aquellos sellos de cera de los viejos días cuando se abrían los crujientes papiros, se hacían florecer las tintas, se espolvoreaba todo con arena, y se apretaban al pie los anillos de sello mojados en caliente cera roja. ¡Así sería si dejaba una sola, debía recordarlo, una sola huella digital en la escena! Aunque aprobara el crimen no podía llegar al extremo de ponerle un sello.

¡Más cajones! No pierdas la cabeza, mira bien, ten cuidado, se dijo a sí mismo.

En el fondo del cajón ochenta y cinco encontró unos guantes.
-¡Oh, Señor, Señor!

Cayó contra el escritorio, suspirando. Se probó los guantes, los alzó, los flexionó orgullosamente, los abotonó. Eran suaves, grises, gruesos, impermeables. Podía hacer cualquier cosa ahora sin dejar huellas. Se llevó el pulgar a la nariz ante el espejo de la alcoba, chasqueando la lengua.
-¡No! -gritó Huxley.

Qué plan malvado había sido.

Huxley había caído al piso, ¡a propósito! ¡Oh, qué hombre perversamente listo! Huxley había caído en el piso de madera, arrastrando a Acton. ¡Habían rodado dando golpes y manotazos en el piso, estampando y estampando frenéticas huellas digitales! Huxley había conseguido alejarse unos pocos centímetros, ¡y Acton se había arrastrado detrás para echarle las manos al cuello y apretárselo hasta que la vida salió de él como pasta que sale de un tubo!

Con los guantes puestos, Acton volvió a la sala y se arrodilló en el piso, y se puso laboriosamente a la tarea de limpiar cada maldito centímetro infectado. Luego se acercó a una mesada y frotó una pata, subiendo a lo largo de las molduras. Llegó arriba y tropezó con un tazón de fruta de cera. Pulió la plata afiligranada, sacó las frutas y las limpió dejando sólo la del fondo.
-Estoy seguro de que no las toqué -dijo.

Luego se encontró con un cuadro enmarcado que colgaba encima de la mesa.
-Ciertamente no he tocado eso -dijo.

Se quedó mirándolo.

Lanzó una ojeada a todas las puertas de la sala. ¿Qué puertas había abierto esa noche? No podía recordarlo. Límpialas todas, entonces. Empezó con los pestillos, hasta que resplandecieron, y luego restregó las puertas de la cabeza a los pies. No podía correr riesgos. Luego revisó todos los muebles de la sala y limpió los brazos de los sillones.
-Esa silla en que estás sentado, Acton, es una vieja pieza Louis XIV. Siente ese material -dijo Huxley.
-¡No vine a hablar de muebles, Huxley! Vine por Lily.
-Oh, vamos, no puedes tomarte el asunto tan en serio. Ella no te quiere, ya sabes. Me dijo que irá conmigo a México, mañana.

¡Tú y tu dinero y tu condenado mobiliario! Es un hermoso mobiliario, Acton. Tócalo, interpreta bien tu papel de huésped.

Podían descubrirse huellas digitales en los tapizados.
-¡Huxley! -William Acton miró fijamente el cadáver- ¿Sospechaste que iba a matarte? ¿Lo sospechó tu subconsciente, como el mío? ¿Y te dijo tu subconsciente que me hicieses correr por la casa tomando, tocando, acariciando libros, platos, puertas, sillas? ¿Eras tan inteligente y tan perverso?

Limpió todos los sillones y sillas con el apretado pañuelo. Luego recordó el cuerpo. Se inclinó sobre él y lo frotó primero por este lado, luego por este otro, bruñendo todas sus superficies. Hasta lustró los zapatos, gratis.

Mientras lustraba los zapatos, un leve estremecimiento de preocupación le pasó por la cara. Al fin se levantó y se acercó a la mesa.

Sacó y pulió la fruta de cera del fondo del tazón.
-Mejor así -murmuró, y volvió al cuerpo.

Pero cuando se inclinaba hacia el cuerpo, pestañeó, y le tembló la mandíbula. Se incorporó y se acercó otra vez a la mesa.

Frotó el marco del cuadro.

Mientras frotaba el marco del cuadro descubrió…

La pared.
-Eso -dijo- es tonto.
-¡Oh! -gritó HuxIey, rechazando a Acton. Lo empujó mientras luchaban, y Acton cayó tocando la pared, y corrió otra vez hacia Huxley. Estranguló a Huxley. Huxley murió.

Acton dejó resueltamente la pared, trastabillando. Los gritos y la acción se apagaron en su mente. Miró las cuatro paredes.
-¡Ridículo! -dijo.

De reojo vio algo en una pared.
-Me niego a mirar -dijo para distraerse a sí mismo-. ¡Ahora la próxima habitación! Seré metódico. Veamos… Estuvimos en el vestíbulo, la biblioteca, esta sala, el comedor y la cocina.

Había una mancha en la pared, detrás.

Bueno, ¿había una mancha o no?

Se volvió enojado.

Muy bien, muy bien, sólo para estar seguro.

Se acercó y no pudo encontrar ninguna mancha.

Oh, una pequeñita, sí, allí. La borró. De todos modos no era una huella digital. Terminó de borrarla, y su mano enguantada se apoyó en la pared, y miró la pared y cómo se extendía a la derecha y a la izquierda, y por encima de su cabeza y hasta sus pies.
-No -dijo suavemente.

Miró hacia arriba y hacia abajo y de costado y dijo en voz baja:
-Eso sería demasiado.

¿Cuántos metros cuadrados?
-Me importa un bledo -dijo.

Pero, como desconocidos, sus dedos enguantados se movían ya sobre la pared.

Espió la mano y el empapelado del muro. Miró por encima del hombro el otro cuarto.

Debo, ir allá y limpiar lo más importante se dijo, pero la mano se quedó allí, como para sostener la pared, o sostenerlo a él. Se le endureció la cara.

Sin una palabra empezó a fregar el muro, hacia arriba y abajo, hacia arriba y abajo, hacia adelante y atrás, arriba y abajo, arriba estirándose en puntillas de pies, abajo inclinándose todo lo posible.
-¡Ridículo, oh, Señor, ridículo!

Pero debes estar seguro, le dijo su pensamiento.
-Sí, uno tiene que estar seguro -replicó.

Terminó con una pared, y entonces…

Se acercó a otra pared.
-¿Qué hora es?

Miró el reloj de la chimenea. Había pasado una hora. Era la una y cinco.

Sonó el timbre de calle.

Acton se endureció, clavando los ojos en la puerta, el reloj, la puerta, el reloj.

Alguien golpeaba ruidosamente.

Pasó un largo rato. Acton no respiraba. Le faltó el aire y empezó a caer, tambaleándose. En su cabeza rugió un silencio de olas frías que rompían como truenos en pesadas rocas.
-¡Eh, ahí adentro! -gritó una voz de borracho- ¡Sé que estás ahí, Huxley! ¡Abre maldito! ¡Es el chico Billy, borracho como una cuba! Huxley, viejo compañero, más borracho que dos cubas.
-Vete -murmuró Acton silenciosamente, apretado contra la pared.
-Huxley, estás ahí, te oigo respirar -gritó la voz borracha.
-Sí, estoy aquí -murmuró Acton, sintiéndose largo y tendido y torpe en el piso, torpe y frío y mudo-. Sí.
-¡Demonios! -dijo la voz perdiéndose en la niebla. Las pisadas se apagaron-. Demonios…

Acton se quedó tendido un tiempo sintiendo que el rojo corazón le golpeaba en los ojos cerrados, en la cabeza. Cuando al fin abrió los ojos, vio la limpia pared que se alzaba ante él. Al cabo de un rato se animó a hablar:
-Tonterías -dijo-. Esa pared no tiene una mancha. No la tocaré. Apresúrate. Apresúrate. No hay tiempo, tiempo. ¡Sólo faltan unas pocas horas para que lleguen esos condenados amigos!

Se dio vuelta alejándose.

Vio de reojo las telitas de araña. Cuando les volvió la espalda, las arañitas salieron de la madera y tejieron delicadamente sus frágiles telitas casi invisibles. No en la pared de la izquierda, que acababa de limpiar, sino en las otras tres que aún no había tocado. Cada vez que las miraba directamente, las arañas se metían en las grietas de la madera, y salían cuando él se alejaba.
-Estas paredes están bien -insistió casi gritando- ¡No las tocaré!

Se acercó a un escritorio donde Huxley había estado sentado. Abrió un cajón y sacó lo que buscaba.

Una pequeña lupa que Huxley usaba a veces para leer. Tomó la lupa y fue hasta la pared, incómodo.

Huellas digitales.
-¡Pero éstas no son mías! -Acton rió nerviosamente-. ¡Yo no las puse ahí! ¡Estoy seguro! ¡Un sirviente, un mayordomo, quizá una mucama!

La pared estaba llena de huellas.
-Mira ésta -dijo-. Larga y afilada, de mujer. Apostaría todo mi dinero.

¿Apostarías?
-¡Apostaría!
-¿Estás seguro?
-¡Sí!
-¿Realmente?
-Bueno… sí.
-¿Absolutamente?
-¡Sí, maldita sea, sí!
-Bórrala de todos modos, ¿por qué no?
-¡Alla va, Dios mío!
-Fuera con esa condenada mancha, ¿eh, Acton?
-Y esta otra de al lado -se mofó Acton-. Es la huella de un hombre gordo.
-¿Estás seguro?
-¡No empieces otra vez! -estalló Acton, y la borró. Se sacó un guante y alzó la mano, temblando, a la luz deslumbrante.
-¡Mira, idiota! ¿Ves cómo van los verticilos? ¿Ves?
-¡Eso no prueba nada!
-¡Oh, bueno, bueno!

Rabioso, frotó la pared de arriba abajo, de derecha a izquierda, con las manos enguantadas, sudando, gruñendo, jurando, doblándose, incorporándose, con una cara cada vez más encendida. Se sacó la chaqueta y la puso en una silla.
-Las dos -dijo, terminando la pared, mirando el reloj.

Se acercó al tazón de la mesa y sacó las frutas de cera y frotó la del fondo y la puso otra vez en su sitio y frotó el marco del cuadro.

Miró la araña de luces.

Los dedos se le retorcieron a los lados del cuerpo. Se le abrió la boca y la lengua se le movió sobre los labios y miró la araña y apartó los ojos y miró otra vez la araña y miró el cuerpo de Huxley y luego la araña con sus largas perlas de cristal de arco iris.

Trajo una silla y la puso bajo la lámpara y apoyó un pie en el tapizado y lo bajó y arrojó la silla violentamente, riéndose, a un rincón. Luego salió corriendo del cuarto dejando una pared sin limpiar.

En el comedor se acercó a la mesa.
-Quiero mostrarte mi cuchillería gregoriana, Acton -había dicho Huxley. ¡Oh, aquella voz casual e hipnótica!
-No tengo tiempo -dijo Acton-. Tengo que ver a Lily…
-Tonterías, observa esta plata, esta exquisita orfebrería.

Acton se detuvo junto a la mesa donde se alineaban las cajas de cubiertos, oyendo una vez más la voz de Huxley, recordando cuántas veces los había tocado.

Fregó los tenedores y cucharas, y descolgó de la pared todos los platos decorativos y todas las cerámicas especiales…
-Mira esta hermosa pieza de cerámica de Gertrude y Otto Nazler, Acton. ¿Conoces sus trabajos?

Es hermosa.
-Tómala. Dala vuelta. Mira la hermosa del gadez del tazón, trabajado a mano en la mesa giratoria, fino como una cáscara de huevo, increíble. ¿Y el asombroso lustre volcánico? Tómalo, adelante. No me importa.

Tómalo. Adelante. ¡Recógelo!

Acton sollozó entrecortadamente. Lanzó la pieza contra la pared. La cerámica se hizo trizas desparramándose en copos por el piso. Un instante después Acton estaba de rodillas.

Había que encontrar todos los pedazos, todos los fragmentos. ¡Tonto, tonto, tonto! se gritó a sí mismo, sacudiendo la cabeza y cerrando y abriendo los ojos y metiéndose debajo de la mesa. Encuentra todos los pedazos, idiota, no hay que olvidar uno solo. ¡Tonto, tonto! Los juntó. ¿Están todos? Los puso sobre la mesa, ante él. Miró otra vez debajo de la mesa y debajo de las sillas y los aparadores y gracias a la luz de un fósforo encontró otro fragmento más y se puso a frotar cada pedacito como si fuesen piedras preciosas. Los dejó ordenadamente sobre la brillante mesa pulida.
-Una hermosa pieza de cerámica, Acton. Adelante… tócala.

Acton sacó los manteles y servilletas y los frotó, y frotó las sillas y mesas y pestillos y ventanas y anaqueles y cortinas, y frotó el piso y entró en la cocina, jadeando, respirando violentamente, y se sacó el chaleco y se ajustó los guantes y frotó los cromos resplandecientes…
-Te mostraré mi casa -dijo Huxley-. Ven…

Y Acton limpió todos los utensilios y los grifos de bronce y las ollas, pues ahora ya no recordaba qué cosas había tocado y cuáles no. Huxley orgulloso de su batería, ocultando su nerviosidad ante la presencia de un potencial asesino, quizá queriendo estar cerca de los cuchillos que podía necesitar… Habían estado un rato allí, tocando esto, aquello, alguna otra cosa, no podía recordar qué o cuánto o cuántas veces. Acton terminó con la cocina y cruzó el vestíbulo y entró otra vez en la sala donde yacía Huxley.

Acton gritó.

¡Había olvidado la cuarta pared! Y mientras se había ido, las arañitas habían salido de la cuarta pared sucia y habían corrido por las paredes limpias, ensuciándolas otra vez. En el cielo raso, desde el candelero, en los rincones, en el piso, ¡un millón de tejidas telas se estremeció con su grito! mínimas, mínimas telitas, no más grandes que, irónicamente, tu… dedo.

Mientras Acton miraba, otras telas aparecieron sobre el marco del cuadro, el tazón de fruta, el cadáver, el piso. Las huellas cubrían el cortapapeles, los cajones abiertos, la superficie de la mesa, huellas, huellas, huellas en todo, en todas partes.

Acton frotó el piso furiosamente, furiosamente. Hizo rodar el cuerpo y lloró sobre él mientras lo limpiaba, y se incorporó y se acercó a la mesa y limpió la fruta en el fondo del tazón. Luego puso una silla bajo la lámpara, y se subió a la silla y limpió cada llamita colgante, sacudiéndola como una pandereta de cristal, hasta que la llama sonó como una campanilla. Luego saltó de la silla y frotó los pestillos y se subió a otras sillas y refregó las paredes más arriba y corrió a la cocina y sacó una escoba y quitó las telas de araña del cielo raso y limpió la fruta en el fondo del tazón y lavó el cuerpo y los pestillos y la platería y encontró la barandilla de la escalera y siguió la barandilla hasta el primer piso.

¡Las tres! En todas partes, con una furiosa y mecánica intensidad sonaban los relojes. Había doce cuartos abajo y ocho arriba. Imaginó los metros y metros de espacio y tiempo que necesitaba. Cien sillas, seis sillones, veintisiete mesas, seis radios. Y abajo y arriba y detrás. Separó los muebles de las paredes, y sollozando, les sacó el polvo de muchos años atrás, y se tambaleó y síguió la barandilla hacia arriba, sosteniéndose, borrando, fregando, puliendo, pues si dejaba una sola huellita se reproduciría, y habría otra vez un millón de huellas. Habría que repetir el trabajo, ¡y ya eran las cuatro! Le dolían los brazos y se le habían hinchado los ojos que se clavaban fijamente en todas las cosas, y se movía pesadamente, sobre piernas extrañas, cabizbajo, moviendo los brazos, frotando y restregando, dormitorio por dormitorio, armario por armario…

Lo encontraron a las seis y media de la mañana.

En el altillo. La casa entera resplandecía. Los floreros brillaban como astros de vidrio. Las sillas parecían barnizadas. Los hierros, los bronces y los cobres relucían. Los pisos chispeaban. Las barandillas centelleaban.

Todo fulguraba, todo destellaba. ¡Todo era brillante!

Lo encontraron en el altillo frotando los viejos baúles y los viejos marcos y las viejas sillas y los viejos juguetes y cajitas de música y floreros y cubiertos y caballos de madera y monedas polvorientas de la guerra civil.

Acababa de limpiarlo todo cuando el oficial de policía entró con su revólver.
-¡He terminado!


Cuando dejaba la casa, Acton frotó con su pañuelo el pestillo de la puerta de calle y cerró con un portazo triunfal.